jueves, 18 de julio de 2013

El Pueblo Que No Queria Ser Gris

Había una vez un rey grande, en un país chiquito. En el país chiquito vivían hombres, mujeres y niños. Pero el rey nunca hablaba con ellos, solamente les ordenaba. Y como no hablaba con ellos, no sabía lo que querían, lo que no querían, Y si por casualidad alguna vez lo sabía, no le interesaba El rey grande del país chiquito, ordenaba, solamente ordenaba; ordenaba esto, aquello y lo de más allá. Que hablaran o que no hablaran, que hicieran así o que hiciera asá. Tantas órdenes dio, que un día no tuvo más cosas que ordenar. Entonces se encerró en su castillo y pensó, y pensó, hasta que decidió: “Ordenaré que todos pinten sus casas de gris”. Y todos pintaron sus casas de gris. Todos menos uno, uno que estaba sentado mirando el cielo. Y vio pasa una paloma roja azul y blanca. “¡Oh! ¡Qué linda!” dijio maravillado, “Pintaré mi casa de rojo azul y blanco”. Y la pintó nomás. Cuando el rey miró desde su torre y vio entre las casas grises una roja azul y blanca se cayó de espaldas una vez, pero en seguida se levantó y ordenó a sus guardias: -¡Traigan inmediatamente a uno que pintó su casa de rojo azul y blanco! Los guardias aprontaron sus ojos para verlo todo, sus orejas para oir mejor y marcharon Pero mientras llegaban a la casa de “uno”, otro, que vivía en la casa vecina dijo: “¡Qué linda casa; yo también pintaré la mía así”. Y la pintó nomás. Entonces cuando los guardias llegaron, no supieron cuál era la casa de uno y cual la casa de otro, así que regresaron al castillo y hablaron con el rey. -¡No puede ser!- dijo el rey, y miró desde la torre. Al ver lo que vio se cayó de espaldas dos veces, Pero enseguida se levantó. Y ordenó a sus guardias: -Me traen a uno y a otro, inmediatamente! Pero ya un tercero Había visto las dos casa de rojo azul y blanco Y en un instante pintó la suya. Los guardias no tuvieron más remedio que regrear y preguntarle al rey: -¿Qué hacemos, traemos a uno, a otro y a otro? Entonces el rey se cayó de espaldas tres veces, y los guardias tuvieron que ayudarlo a levantarse -¡Traen a los tres!- dijo en cuanto estuvo levantado. Pero cuando los guardias bajaron, no había tres casas pintadas. Había 333.333 -Bueno- dijeron los guardias Cuando terminaron de contarlas -se lo diremos al rey. Y el rey se cayó de espaldas una vez, dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro y ciento veintiocho veces. Mientras se caía y se lo levantaban, el rey ordenaba. -¡Que me traigan todo lo que sea rojo, azul y blanco! Los guardias bajaron ligerito. En la ciudad había 333.333 casa rojas, azules y blancas, y las aceras en rojo, azul y blanco, y los perros metían las colas en los tachos de pintura y luego se sacudían al lado de los árboles, los jinetes con sus ropas recién pintadas subían a los caballos yl os caballos al galopar dejaban los caminos pintados; y las palomas mojaban sus patitas en los charcos repintura que brillaban al sol, luego volaban a los palomares, y los palomaresn pintaban las alas de las palomas asi que cuando éstas volaban por el cielo parecían barriletes de colores; y todos los miraban y se sentían muy contentos Todo era rojo, azul y blanco. Todo menos el rey, sus guardias y el castillo. ¡Todo aquel que sea rojo, azul y blanco debe marchar inmediatamente al castillo! ¡El rey lo ordena! –dijeron los guardias. y todos, hombres, mujeres, niños, ancianos, caballos, perros y pájaros, gatos y palomas, todos los que podían marchar, llegaron al castillo. Eran tanto, tanto, y estaban tan entusiasmado, que al momento el castillo, las murallas, los fosos, los estandartes, las banderas, quedaron de color rojo azul y blanco. Y los guardias también. Entonces el rey se cayó de espaldas una sola vez, pero tan fuerte que no se levantó más. El rey de la comarca vecina, al mirar desde lo alto de su torre dijo: -Algo ha sucedido, el rey del país chiquito ha cambiado el color de sus estandartes, enviaré a mis emisario para que averigüen lo que ha sucedido. -¿Qué ha sucedido?, ¿qué ha sucedido? –preguntaron los emisarios, cuando estuvieron en presencia del rey. Pero el rey grande del país chiquito estaba tan caído, Que ni siquiera podía contestar. Entonces “uno” dijo: -Resulta que yo estaba en la puerta de mi casa, tomando el fresco, mirando el cielo, y vi pasar una paloma roja azul y blanca, y entonces… y siguió contando todo lo que había sucedido. -Podermos sobre aviso a nuestro rey, -dijeron los emisarios del país vecino-, no vaya a ser que le pase lo mismo. Y marcharon al galope. Claro, que los caballos llevaban ya sus patas pintadas y mientras galopaban, pisaban los caminos de rojo azul y blanco… Pero fueron las palomas, las que primero llegaron a la comarca del rey vecino. Y uno que estaba sentado en la puerta de su casa tomando el fresco, las vio y dijo: -¡Oh! ¡Qué lindo!, Pintaré mi casa de rojo, azul y blanco. Y la pintó nomás, y … como pueden ustedes imaginar este cuento que acá termina por otro lado vuelve a empezar. Fin

miércoles, 17 de julio de 2013

La Tortuga Gigante

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médico le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no queria ir porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día: -Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y despues comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia. Había hecho un atado con los cueros de los animales y los llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de querosene. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que querís comer una tortuga, y la ponis parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las unñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador que tenia una gran puntería le apuntó entre los ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto. -Ahora -se dijo el hombre- voy a comer tortuga, que es un carne muy rica. Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne. A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo. Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. -Voy a morir -dijo el hombre-. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed. Y al poco rato la fiebre subió más aun, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo habí oído y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces: -El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía much hambre, y me curó. Yo lo voy a cuar a él ahora. Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquida, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su mante y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raícesricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie. Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que esta solo pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta: -Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento. Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: -Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires. Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar el cazador, y emprendió entonces el viaje. La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar se detenía y dehacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde hubiera pasto bien seco. Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comí también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta: -Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte. Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacia una semana para llegar más protno. No tenía más fuerza para nada. Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba todo el cielo, y no supo que era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que habia sido bueno con ella. Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. Pero un ratón de la ciudad -posiblemente el ratoncito Pérez- encontró a los dos viajeros moribundos. -¡Qué tortuga! -dijo el ratón-. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, que es? ¿Es leña? -No -le respondió con tristeza la tortuga-. Es un hombre. -¿Y dónde vas con ese hombre? -añadió el curioso ratón. -Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires -respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía-. Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré... -¡Ah, zonza, zonza! -dijo riendo el ratoncito-. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que que ves allá es Buenos Aires. Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó en seguida. Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija. Y así pasó. La tortuga, feliz y content con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos. El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palamadita de cariño en el lomo.

martes, 16 de julio de 2013

La Nuez De Oro

Un día, mientras la pequeña María daba un agradable paseo por el bosque, descubrió una preciosa nuez de oro, a un lado del camino. Justo cuando se disponía a guardarla en su bolsillo, alguien dijo a su espalda: -Siento comunicarte, que esa nuez que portas en tu mano es mía. Al escuchar estas palabras, María se dio la vuelta para conocer, al que decía ser el dueño de la nuez. Cuando lo hizo, se topó con un personaje bastante extraño, de un tamaño bastante más pequeño que el suyo, que iba vestido con unos llamativos ropajes de color rojo y un gorro con forma apuntada. -Siento haberte asustado pequeña humana. Soy el Duendecillo de la Floresta y en cuanto me devuelvas lo que me pertenece, dejaré de molestarte. -Si es tuya, segura que sabrás cuantos son los pliegues de su corteza. Solo te la devolveré si aciertas el número exacto, si fallas aunque sea por uno solo, me la quedaré para mí y la usaré para comprarles ropas a los niños pobres del pueblo. -No hay problema, la nuez tiene mil ciento un pliegues. Cuando la niña vio que estaba en lo cierto, le devolvió con mucha pena la nuez. -Puedes quedártela-dijo el duendecillo-ya que tus propósitos con ella son nobles. De ahora en adelante, pídele a la nuez lo que desees y ella te lo concederá. Sin saber cómo, la pequeña nuez de oro, se encargaba de darles ropas y comida a todo el que lo necesitaba. Desde entonces, la niña fue conocida en todos los contornos como María la Nuez de Oro.

lunes, 15 de julio de 2013

Cuentos Breves

hola! Esta semana voy a hacer una semana de cuentos cortitos , que me gustaron mucho a qui va el primero: La cigarra y la hormiga Había una vez, una alegre y despreocupada cigarra, a la que le encantaba pasar el verano cantando, sin pensar en nada más. En el lado contrario, se encontraba su vecina, una trabajadora hormiga, que tan solo vivía para trabajar y recolectar comida. Cansada de ver a la hormiga trabajar, la cigarra le dijo: -Querida hormiguita ¿Por qué trabajas sin descansar un momento? Siéntate conmigo un rato y disfruta del verano. -Cigarra imprudente, más te valdría dejar tu pereza a un lado y empezar a acumular comida para el largo invierno que se avecina. Una advertencia, que la cigarra se tomó a broma y a la que no hizo el menor caso. Cuando el invierno, hizo acto de presencia, la cigarra se encontró con que nada había previsto para calentarse, ni alimentarse durante esta gélida estación. Muerta de hambre y de frío, recordó a aquella pequeña hormiguita, que siempre pasaba por su casa, cargada de comida, a la que decidió pedir ayuda, para aliviar su penosa situación. -Pequeña hormiguita, tu que tanta comida tienes guardada desde el verano ¿podrías darme algo para que mi estómago deje de rugir? -Me gustaría ayudarte cigarra, pero ¿no te reías de mí, mientras trabajaba en el verano? ¿Qué te impedía imitarme? - Cantar y disfrutar del verano. -Pues en lugar de hacer tanto el vago, mejor te hubiera valido dedicar un poco de tu tiempo a guardar para el invierno. Tras decir estas palabras, cerró la puerta de un portazo, dejando a la cigarra, lamentándose por su mala conducta.

miércoles, 3 de julio de 2013

Hush Hush

Hush Hush es una novela romántica juvenil publicada en el año 2009 por la autora estadounidense Becca Fitzpatrick. Está narrada bajo la perspectiva de Nora Grey, quien se ve directamente involucrada en grandes misterios y peligros cuando conoce a su nuevo compañero de asiento llamado Patch, quien se revela como un ángel caído con una conexión oscura con la misma Nora. Yo leí la saga completa ¡me encanto! Se las recomiendo :)

Now You See Me

Hola!!
el martes pasado fui a ver una película que se llama "nada es lo que parece" ¡Me encanto!
se trata de cuatro ilusionistas que roban bancos y al finalizar su acto se lo dan a los espectadores.
Me gusto mucho porque no es lo que parece, te hace creer una cosa y termina siendo otra.Te lleva a una fantasía y te das  cuenta ,al final ,que es la realidad
Se las recomiendo y espero que le guste tanto como a mi :)

lunes, 1 de julio de 2013

Frase Del Dia

Una frase para que la tengan en la mente:
 "muchos buscan un amigo verdadero,pero pocos se preocupan por ser uno".